Nadie hasta ahora ha determinado lo que puede un cuerpo, dice Spinoza. Y concibe a estos como una unidad con la potencia infinita de afectar y dejarse afectar por otros cuerpos. Experimentar la vida libre, sería dejarse afectar como cuerpo para darse cuenta de una existencia.
El psicoanálisis se para en sus inicios de la ciencia y se acerca al arte, compartiendo con el teatro, una práctica que prioriza la presencia activa del cuerpo, marcado por el lenguaje, ya sea manifestado como síntoma, pregunta o bien como evento. Ambas disciplinas exponen esa vertiente de lo humano que no termina de funcionar, y con la cual tenemos que convivir: las passiones humanas. El cuerpo simbólico está afectado por la palabra, que se abre al campo de la significación, e inyecta en es sa material vieviente un goce pulsional. Las dos actividades resisten los embates contemporáneos, presentándonos esa otra escena. Revelación para ser leída o actuada, según el caso, convocándonos a hacer algo con eso, con esa trama tejida por el Otro, que nos envuelve e incite a la repetitición.
El escenario y el dispositivo analítico son espacios extraordinarios, defectos e impuros, donde alguien (actante o paciente) habla a través del cuerpo, intentó palabras que transpiran un drama, frente al analista o al espectador; Asociación libre o improvisación cautada. Y aunque no es lo mismo constituyense en sujeto del inconsciente, analizar un sueño o historizarse, que gozar de la actuación frente al público. En ambas tareas uno puede correr el riesgo de liberarse, acercando la vida propia al personaje, cargando con honestidad su propia falta. La voz y la mirada juegan también lo suyo en ambos dispositivos, se duplican como objetos. Mirar y ser mirado por el público, tolerando el juego escénico. Suspender la mirada a través del diván, para hacer valer otra escucha: la atención flotante del analista. Hablar y ser hablado, hablar diciendo siempre en lo que se dice, un algo más. ¿Se podría pensar el furcio como el lapsus linguae de la escena? Y el silencio, necesario en ambos casos, que en ocasiones puede tornarse insoportable.
«Un mar de luto» es una experiencia de desmontaje sobre la performatividad, impuesta desde el nacimiento, basada en el binarismo de género. Un elenco de varones interpretó un clásico, escrito para mujeres: La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca. Aportan su cuerpo y su sensibilidad encarnando esas vidas sometidas al patriarcado. Ocupar ese lugar sin parodiarlo, sin habitar los gestos convencionales que buscan legitimar un cuerpo o eliminarlo, en un hecho artístico y político. El deseo humano atrapado, desde la vieja española hasta nuestros días, en un laberinto circular, arribando a los totalitarismos contemporáneos.
«Si alguna vez te hace falta mi vida», rescata un vínculo entre dos mujeres. Un cuerpo marginado y viejo, que se resiste a dejar de luchar, refugiándose en un teatro abandonado con sus fantasmas: la actriz. Y otro cuerpo misterioso, que se propone escribir sobre el pasado: la periodista. La ficción en ese universo se convirtió en un bastión, un urdimbre que teje los hilos de una historia deshojada. Intento de distintas escenas de obras, que retoman momentos precisos de sus vidas. In this ritual las máscaras van cayendo, como el pasado, desarrollando un secreto que repara el dolor de lo vivido, y se convierte en fuerza de lucha y resistencia.
*Director y dramaturgo.
Martes de luto, sábados 22.30h en El Portón de Sánchez.
Si alguna vez te hace falta mi vida, viernes 8 p.m. en El Crisol.


