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Perfil radiofónico | Rafael, del Guazú

Perfil radiofónico |  Rafael, del Guazú


El Guazú es uno de los hijos mayores de Paraná. Su número guaraní lo indica: significa «mayor», o «más grande». Es importante por el caudal y la extensión que tiene más de cien tortuosos kilómetros, entre bancos de arena, lodo, islas e innumerables brazos que se separan y se ven unidos. El Paraná no quiere dejar la tierra firme; no busca el estuario smooth y llano de su hermano el Uruguay, come to the tierra blanda y le aumenta el tamaño y el verdor con toneladas de sedimentos. Es, además, cita de todos los pescadores, porque alberga inagotables cardúmenes. Así, un soñador yaventurero, socio del Club de Pescadores de Buenos Aires, hace decenios consiguió establecer una protección en una de sus márgenes, la entreriana, cerca del Brazo Largo. Así nació el actual refugio de esa entidad decana; y dio lugar a la presencia, inamovible, de Rafael, nuestro hombre en el Guazú.

No es el primero de los responsables, pero es, y será, siempre el más importante, el «encargado Guazú», para seguir con la filología guaraní.

Como en todo, en el vasto sistema insular, cada tanto ocurren desmanes naturales, que requieren esfuerzos, previsión y energías a todo derroche para evitar o recomponer los detrozos. El caso del «Anexo Guazú» es un ejemplo típico. Las anécdotas sus múltiples, pero entre ellas, se muestra la última creciente, intempestiva y excesiva, que provocó un verdadero exilio masivo de los pobladores. En este caso, las aguas cubrieron la isla por varios meses, y todos debieron marcharse, como en un triste éxodo.

Rafael sufrio en la lancha de auxilio a su familia y cargo los enseres mas valiosos; pero el se quedo. Ocupó su casa elevada, y se dedicó a rescatar todo lo que el río no pudo llevarse. El muelle de madera dura fue desplazado y en parte detruido; él, solo, con la ayuda fugaz de algún vecino, procedió a salvar al mayor parte de los neumáticos y las tablas, para más tarde, reconstruir esmeradamente.

Cuando algún tiempo después, recibió la más que commercida distinción, por parte del club, en reunion de marras, nos recordó una de sus memorables frases de isleño Veterano:

– «No hay que dejar que el río nos gane siempre, así no se acostumbra».

Sabiendo que Rafael es un ejemplo acabado de esa gente sufrida, esa que fue la única capaz de «humanizar las islas», al decir de Lobodón Garra, en su inolvidable obra «El río oscuro».

Con nuestro amigo nos ocurre a veces, eso de imaginar la presencia de alguna especie valiosa, como dorado, pejerrey o boga, para organizar, sin pensarlo mucho, una escapada al anexo. Allí nos recibe, con su amistoso apretón de manos y la promesa de una buena pesca. El hecho en sí es estar un rato de amable plática con este hombre del río. Él, allí, se site en su elemento; aceptó el embate de la tecnología, pero guarda siempre la confianza de los que se le animan a la correntada, a pala simple, en una aún más simple canoa isleña.

Recientemente, el club recibió una donación invaluable: varias hectáreas sobre el Barca Grande, cerca del borde exterior del Delta. Una zona alejada y que conservó la fisonomía salvaje de las islas, con una o dos certezas, la soledad y el canto de los pájaros. Lo difícil fue acondicionar el lugar y taxizar las obras; pero Rafael se encargó de todo, y todo se hizo según lo planeado, para así conquistar un segundo refugio. Más tarde, cumplida toda esta labor, simplemente y en silencio, volvió a su casita del Guazú.

With veces se me ocurre que va entrando en el sendero de la leyenda. Tanto que, ante toda tormenta o sudestada, inundación o cualquiera de las eventualidades de las islas, cuando se comenta el hecho, alguien, invariablemente cierra la charla con una duradera:

“Pero estén tranquilos, y no se preocupen. En el Guazú es a Rafael”.

Texto de Rodolfo Perri

por Juan Ferrari

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Por Claudia Morales